Práctica 13. Educación en 2050. ChatGPT
PRÁCTICA 13. EDUCACIÓN EN 2050. CHATGPT
Buenos días, ¿puedes realizar un relato sobre cómo será la Educación en 2030 o 2050?
(relato 1)
El
primer relato me ha sorprendido positivamente, ya que refleja el modelo
educativo al que aspiramos actualmente: una formación que prepara al alumnado
para resolver problemas de la vida cotidiana. Sin embargo, considero que el enfoque
tecnológico es demasiado ambicioso. Dentro de dos décadas, los avances no
habrán progresado lo suficiente como para recrear espacios virtuales donde el
alumnado viva experiencias directas vinculadas a cada materia.
Me
gusta el relato, pero ¿puedes adoptar una visión realista con los avances
tecnológicos?
(relato 2)
En
el segundo relato, me parece acertado que la tecnología aparezca como una
herramienta de trabajo y no sustituya a la figura del profesorado. Además,
destaco positivamente la visibilidad que se da a las desigualdades derivadas
del progreso tecnológico; por ejemplo, que los centros con mayores recursos dispongan
de mejores equipos. Del mismo modo, me ha gustado la alusión a la necesidad de verificar
la fiabilidad de los contenidos generados por IA. Sin embargo, echo en falta soluciones
frente a los problemas de ciberacoso.
Me
parece un relato fantástico. Sin embargo, teniendo en cuenta que la tecnología
está muy presente en el proceso de aprendizaje y enseñanza, me imagino que
existirá el peligro de que aumenten los problemas de ciberacoso. ¿Puedes
incluir en el relato algunas soluciones?
RELATO
FINAL
La
escuela que también protege
En
2040, la tecnología estaba tan integrada en la educación que resultaba casi
invisible. Daniel lo sabía bien: gran parte de su aprendizaje ocurría en
plataformas digitales compartidas con sus compañeros. Allí colaboraban,
debatían y construían proyectos. Pero esos mismos espacios, como había ocurrido
años atrás con las redes sociales, también podían convertirse en lugares de
conflicto.
El
ciberacoso no había desaparecido con el avance tecnológico. Había cambiado de
forma. Ya no eran solo mensajes ofensivos, sino exclusiones silenciosas en
trabajos colaborativos, manipulaciones con inteligencia artificial para
ridiculizar a otros o el uso indebido de grabaciones y avatares. Las escuelas
tuvieron que reaccionar cuando comprendieron que educar en lo digital
también implicaba proteger.
Por
eso, cada entorno de aprendizaje incluía ahora sistemas de detección temprana.
Los algoritmos no leían conversaciones privadas, pero sí identificaban patrones
de aislamiento, lenguaje agresivo recurrente o cambios bruscos en la
participación de un estudiante. Cuando algo se encendía como alerta, no se
aplicaban castigos automáticos: se avisaba a un equipo humano.
Ese
equipo estaba formado por docentes, orientadores y mediadores escolares.
Personas reales. La tecnología señalaba el problema, pero la intervención
siempre era personal. Daniel recordaba una sesión reciente en la que toda la
clase había trabajado un conflicto surgido en un proyecto grupal. No se habló
de culpables, sino de responsabilidades, impacto emocional y reparación del
daño.
Desde
2030, la educación digital había incorporado algo que antes se daba por
supuesto pero rara vez se enseñaba: ética, empatía y convivencia en línea.
Había asignaturas breves, pero constantes, dedicadas a la identidad digital, al
uso responsable de la inteligencia artificial y a cómo actuar cuando alguien
sufría acoso. No eran charlas aisladas, sino prácticas continuas.
Además,
los estudiantes no estaban solos. Cada uno tenía asignado un tutor de
referencia con quien podía hablar —en persona o de forma confidencial— si algo
no iba bien. Pedir ayuda ya no se veía como debilidad, sino como una
competencia más del aprendizaje.
La
tecnología también ofrecía refugios: espacios seguros moderados, opciones para
pausar interacciones, controles claros sobre visibilidad y participación. No se
trataba de vigilarlo todo, sino de dar herramientas para protegerse y
proteger a otros.
Daniel
entendió que la escuela del futuro no había eliminado los problemas humanos.
Había aceptado que existirían, incluso amplificados por lo digital. Pero
también había aprendido que educar no era solo enseñar contenidos, sino cuidar
las relaciones en un mundo conectado.
Al
final, la mayor innovación no fue el software ni la inteligencia artificial,
sino haber asumido que el respeto, la escucha y la responsabilidad debían
enseñarse con la misma seriedad que las matemáticas o la ciencia.
Este
es el relato definitivo, ya que la tecnología está al servicio de la protección
del alumnado frente a los conflictos de ciberacoso, detectando y alertando al
equipo docente. Más allá de las ventajas de la tecnología respecto a la
adquisición de conocimiento, es imprescindible que los avances se encaminen
hacia la creación de espacios seguros que garanticen el bienestar del alumnado.
- ¿Me considero autora del relato final?
En
absoluto. El autor de los tres relatos es ChatGPT, que ha creado, organizado y
redactado las ideas. Como señala la lingüista Estrella Montolío, la realización
de un texto es una tarea compleja que implica una toma de decisiones constante
por parte de la persona que lo elabora; en este caso, dichas decisiones se
atribuyen a la IA. Mi función ha sido revisar los textos y proporcionar
instrucciones al asistente hasta obtener un resultado completo. El primer
texto, en mi opinión, era demasiado ambicioso respecto al avance tecnológico,
por lo que consideré oportuno reconducirlo hacia un enfoque más realista. En
cambio, el segundo era idóneo; sin embargo, omitía un aspecto fundamental y,
por desgracia, muy presente en la educación: el acoso escolar. Por ello, le
indiqué que incluyera medidas para eliminar este problema. Por otro lado,
reconozco que si yo misma hubiera elaborado los relatos, habría tardado el
triple de tiempo y el resultado contendría errores, pues soy una persona en
proceso de aprendizaje y no una máquina.
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