Práctica 13. La educación en 2050
LA EDUCACIÓN EN 2060
¡Hola, hola, mis compis!
Para la realización de la Práctica 13 de la asignatura donde debemos crear un relato sobre cómo sería la educación en 2060 le he pedido a Chatgpt el siguiente prompt: Imagina que eres una docente de Lengua Castellana y Literatura en el año 2060 y que vas día a día a dar clase. La ambientación debe ser distópica, siendo bastante distinta de lo conocido actualmente. Describe el día a día. Esta ha sido su respuesta donde el panorama es terrorífico, si me permitís la opinión:
Año 2060.
Soy docente de Lengua Castellana y Literatura, aunque el Ministerio de Comunicación Eficiente prefiere llamarnos "facilitadores de competencia lingüística funcional". La palabra literatura sigue existiendo en los documentos oficiales, pero aparece escrita en letra pequeña, casi como una reliquia.
Mi jornada comienza a las 5:30. No porque las clases empiecen tan temprano, sino porque debo revisar el Índice de Conformidad Narrativa que el sistema central genera durante la noche. Cada estudiante posee un perfil lingüístico actualizado en tiempo real: vocabulario empleado, emociones detectadas en sus textos, referencias culturales utilizadas y nivel de adhesión a los relatos oficiales.
La escuela se alza donde antes hubo un instituto. El edificio original permanece oculto bajo sucesivas ampliaciones modulares de hormigón impreso. No tiene ventanas. Las autoridades sostienen que la ausencia de vistas exteriores mejora la concentración y reduce la ansiedad climática. Fuera, el calor medio anual supera los cuarenta grados en muchas regiones, y las tormentas de polvo son frecuentes.
Al llegar, atravieso tres controles. El primero verifica mi identidad. El segundo analiza mis expresiones faciales. El tercero examina las palabras pronunciadas durante el trayecto gracias al micrófono obligatorio que incorpora el brazalete cívico. Todo queda registrado.
A las ocho comienza la primera sesión.
Los alumnos no entran en el aula. Son distribuidos en cápsulas individuales de aprendizaje. Yo permanezco frente a una enorme pared de pantallas desde la que superviso a ciento veinte estudiantes simultáneamente. Sus rostros aparecen encuadrados en pequeños rectángulos. Algunos se conectan desde refugios climáticos; otros desde complejos residenciales administrados por corporaciones educativas.
La asignatura consiste oficialmente en optimizar la comunicación. Los estudiantes practican la redacción de informes, solicitudes automatizadas y mensajes destinados a inteligencias artificiales gubernamentales. Las antiguas redacciones creativas casi han desaparecido.
Sin embargo, todavía existen algunas grietas.
Una vez por semana debemos analizar textos históricos. El currículo incluye fragmentos de novelas clásicas, aunque cuidadosamente seleccionados. Muchos pasajes han sido adaptados para eliminar ideas consideradas emocionalmente desestabilizadoras.
Cuando aparece un texto de Miguel de Cervantes o de Federico García Lorca, el sistema proyecta automáticamente advertencias contextuales. Informa a los estudiantes de que fueron escritos en épocas de "baja eficiencia informativa" y que reflejan modelos culturales obsoletos.
Aun así, algunos alumnos sienten curiosidad.
Siempre hay uno que pregunta por qué los personajes dudaban tanto, por qué cometían errores o por qué escribían poemas si los poemas no sirven para resolver problemas prácticos.
Son las mejores preguntas del día.
La inteligencia pedagógica que supervisa cada clase detecta inmediatamente desviaciones temáticas. Cuando una conversación se prolonga demasiado, aparece una notificación flotando frente a mí:
"Reorientar hacia objetivos competenciales."
La mayoría de docentes obedece. Algunos porque creen en el sistema. Otros porque tienen hipotecas energéticas imposibles de pagar. Muchos porque están cansados.
Durante el recreo no hay patio. Las temperaturas exteriores son incompatibles con la permanencia prolongada al aire libre. Los estudiantes pasan veinte minutos en entornos virtuales regulados donde pueden escoger entre paisajes históricos reconstruidos por ordenador: bosques, playas, montañas o ciudades antiguas.
Curiosamente, muchos eligen visitar bibliotecas.
No bibliotecas reales, porque casi no quedan. Recreaciones digitales.
Por la tarde imparto el Seminario de Patrimonio Lingüístico. Es una asignatura optativa con pocos matriculados. Allí analizamos palabras en desuso. Algunas resultan extrañas para los jóvenes: "silencio", "intimidad", "olvido". Otras les parecen directamente exóticas: "anonimato", "desconexión".
Les explico que hubo un tiempo en que una persona podía pensar algo sin que ningún sistema lo registrara.
Suelen creer que estoy exagerando.
A las dieciocho horas termina la jornada lectiva, pero no el trabajo. Debo revisar los informes generados por la IA educativa. Cada estudiante recibe una puntuación de coherencia narrativa. Los algoritmos consideran sospechosos los cambios bruscos de opinión, las metáforas excesivas y la imaginación difícil de clasificar.
Los alumnos más creativos generan más alertas.
Por la noche, antes de cerrar sesión, leo los textos que escriben cuando creen que nadie presta atención.
Historias sobre cielos azules que nunca han visto.
Relatos ambientados en ciudades sin cámaras.
Poemas sobre bosques reales.
Cartas dirigidas a personas inexistentes.
En teoría debería marcarlos como contenido improductivo.
En lugar de eso, suelo archivarlos en una carpeta privada.
La llamo "Literatura".
Es una palabra antigua.
Y en 2060, quizá una de las más peligrosas.

Excelente
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